Una comedia con mucha historia

Una comedia con tintes absurdos y un texto demoledor. Una obra capaz de hacer al espectador reír a carcajadas y 10 minutos después salir del teatro con un nudo en el estómago. Un montaje más que recomendable que te hace reír y te hace pensar.

Se trata de Amor platoúnico, la obra presentada en el viernes en la Sala Trajano. Dirigida por Chusa Martín –que debuta con éxito en estos quehaceres con este espectáculo– y escrita por David Desola, se trata de un montaje que atrapa al espectador desde el primer momento. Chusa Martín cuenta que nada más leer el guión quedó atrapada por la trama... y desde luego es algo lógico. El público así lo entendió, y tras el estreno premió a los actores con una larga ovación.

Es una historia intensa, dura, trágica... pero contada de tal manera que uno no puede evitar reírse. Imaginen dos personas que se quejan de que hay fantasmas en su casa... hasta que descubren que en realidad son un matrimonio que ha dejado de reconocerse, de verse y de oírse. Es la incomunicación llevada a la máxima expresión en unos tiempos en los que tenemos más medios que nunca para comunicarnos.

La puesta en escena es muy efectiva, con la recreación de un piso en dos plantas que aporta mucha frescura.

Los actores también son esenciales en este espectáculo. Destaca por encima de todos la colaboración de Miguel Hermoso (Gozálvez, el amigo del instituto), con un pequeño pero intenso papel, muy agradecido por el momento que aparece y por su carácter pero que Hermoso dibuja con precisión milimétrica. También Paloma Tabasco (la esposa invisible) vuelve a hacer una demostración de naturalidad y buen saber hacer sobre las tablas, con un repertorio de gestos y caras inagotable. Eduardo Velasco (el marido invisible) cumple también sin desentonar, y Críspulo Cabezas (el hijo del vecino) es el único que parece algo forzado en su interpretación.

El texto tampoco deja indiferente al público, con frases lapidarias. Como cuando la esposa dice al ver a su marido invisible: “Me resulta muy familiar y al mismo tiempo no me suena de nada”. En cuanto al desarrollo del montaje, está representado en pequeños capítulos, cuyo ritmo e intensidad varían mucho. Arranca con una curiosa escena con tintes cinematográficos, presentada desde varios puntos de vista. Luego aparece el espacio dedicado al cine mudo, la desternillante conversación a través de un ordenador –es la única forma que tienen de hablar – y, justo cuando la cosa parecía que podía empezar a flojear, aparece como un ciclón el personaje extremo de Gozálvez y logra arrancar del público carcajadas sinceras y continuas durante varios minutos.

Pero aquí nada es lo que parece. Y por eso no contaremos el final de esta historia, tan triste que es graciosa, tan dura que es real. ¡Zas, zas, zas!

Javier Álvarez Amaro - Arriba el telón Teatro, Noviembre 2009