La familia, bien, gracias

16/01/06 Saúl Fernández

El actor Miguel Hermoso Arnao explicó, durante la presentación de «El gran regreso», que esta obra venía a ser algo así «como meterte en una cena en la que todos se echan los trapos sucios a la cara y nadie te ve», un símil perfecto para definir el primer estreno de este año en Avilés, el sábado pasado, en el Palacio Valdés. En principio, esto de los trapos sucios pudiera ser tomado como un argumento de tragedia familiar. Kribus, el autor del texto, eligió otro camino. Hace que los trapos sucios de un padre y de un hijo sustenten la sonrisa y, en ocasiones, hasta la carcajada.

El público avilesino no decepcionó las expectativas. Media hora antes del comienzo se fue acercando a las puertas del teatro local. La cola se hizo patente a última hora, por los rezagados que se ponían nerviosos al escuchar los timbres del teatro que avisaban del inicio inminente del estreno de esta semana. Esperaban un actor mediático y un joven que hace tiempo que ha dejado de ser promesa: José Sancho y Miguel Hermoso, de familia teatral por excelencia.

En el cartel anunciador de «El gran regreso», en la puerta del Palacio Valdés, se descubre a ambos actores serios y con mirada escrutadora. José Sancho no abandona su estética de tipo duro, la de ese don Pablo de «Cuéntame» o la del policía de «Carne trémula». En principio, ese cartel bosqueja un drama. Miguel Hermoso y Pepe Sancho coincidieron hace algunos años en una de esas películas raras de Alfonso Ungría, «El deseo de ser piel roja», como el cuento de Kafka. Seguro que el diseño del cartel se ha hecho a propósito: a propósito del desconcierto. Ambos intérpretes no tardaron en descubrir la realidad. Acomodados todos los espectadores -otro lleno más- la iluminación descubrió en el escenario a un Miguel Hermoso, Oskar, discutiendo telefónicamente con su esposa, de la que acaba de divorciarse. Al instante llaman al telefonillo. «Te tengo que dejar, Carol, llama mi padre. Sí, ya sé que hace un año que no le veo, pero es mi padre». En una frase así de sencilla Serge Kribus plantea toda la peripecia: un padre llega a una casa en declive. Al divorcio de Oskar se debe sumar su despido de una empresa administrativa. Pepe Sancho es Boris Spielman, un actor que fue una gloria y que planea su regreso a las tablas. Llega a casa de su hijo con una decisión: quedarse con él. Como son familia, el hijo no puede negarle el acomodo y aquí es donde empieza lo de la cena familiar que mencionaba Miguel Hermoso en la presentación de «El gran regreso». Todo sale a relucir, pero un padre nunca deja de ser un padre, pese a todos los peros que un hijo le puede echar en cara.

Los dos actores encandilaron a los avilesinos: el monólogo del tomate crudo de Miguel Hermoso sobrecogió; el padre en la Comisaría, otro tanto. Cuando la obra terminó, con padre e hijo tarareando a Mozart, los aplausos no se hicieron esperar. Algunos se pusieron en pie y aplaudieron con mayor vehemencia. La familia, bien, gracias.